viernes, 6 de abril de 2018

CATARSIS: BANDAS MÍTICAS EN NUESTROS TIEMPOS

Han pasado unas tres semanas desde el concierto de The Original Wailers en la Sala Mon el pasado 15 de Marzo, así que esto de crónica ya tiene poco... pero es que tampoco queríamos quedarnos ahí. Queríamos buscar algo más redactando esta publicación, conocer que hay detrás de este concierto.

Aparentemente, el enésimo tributo a la figura de Robert Nesta Marley, el cual hace que falleció cerca de 40 años. Desde 1981 han pasado la friolera de 37 años. The Wailers no hubiesen sido lo que son sin Bob y viceversa, hasta ahí lo tenemos todo claro. 

Una banda que le acompañó en más de 250 conciertos por los cinco continentes. "Misma" banda que volvía a territorio estatal este 2018. 

Pero, ¿qué queda de esa esencia que puedan ofrecernos?

Sin duda uno de los atractivos que ofrecían estos bolos era la visita de Al Anderson, mítico guitarrista que si que compartió ratos y estudio con la santísima trinidad original: Bunny Wailer, Peter Tosh y Bob Marley.

Este tipo de 64 años con apariencia de cuarentón, fue fichado por Chris Blackwell (Island Records) en 1972 para unirse a la banda, la cual sacaría el "Burning" un año después, último álbum como The Wailers. 

Posteriormente fue partícipe de los álbumes más reconocidos de Bob Marley y Peter Tosh, ya en solitario, así como colaborador de artistas del calibre de Tupac, los Rolling Stones o Joe Cocker.


Pero al menos a un servidor , incluso con este monstruo en el escenario, este tipo de conciertos me saben a poco. ¿El repertorio? Los archiconocidos temas de Bob Marley y alguno en su etapa aún en el trío que antes citábamos. Una única versión: "Legalize it" de Peter Tosh. Con esto no quiero decir que fuese una decepción.


Esta claro que disfrutamos como enanos con los temas con los que una gran mayoría, entre lxs que me incluyo, nos adentramos en el fanganoso mundo de la música de raíz jamaicana. Ante la incapacidad de detallar realmente lo que pensamos, decidimos pedir auxilio para ello a un cinturón negro en esto de las letras, Antón, de Sweet & Dandy Madrid.

"Se acerca la temporada de festivales, equivalente en lo artístico a entrar en un restaurante y pedir todo lo que haya o verse un museo de una tacada. Es un formato maratoniano en lo social y en lo físico, con todo lo que ello implica en términos musicales, pero a pesar de todo, nos apuntamos llevados por las expectativas. A la hora de hacer balance, son tantas las variables que despejar la ecuación no es fácil, por eso la resolvemos con una palabra: ¡genial! Analizar más a fondo requeriría matices y una sinceridad dolosa, así que es mejor apuntar de lejos para evitar alcanzar a nadie.

Y con respecto a la música, ¿qué? Después de todo, es el motivo de la visita, o por lo menos la excusa, el modo más rápido de aunar experiencia y conocimientos de nuestra escena. No hay mejor forma de estar al tanto de novedades o de marcar una muesca en la cuenta de grupos míticos. Salvo los más recientes, la mayoría de estilos vivieron sus años de gloria hace tiempo, décadas en muchos casos, por lo que ver a los clásicos se convierte en una carrera contrarreloj, ya sea por no perdérselos o para disfrutar otra vez de ellos.

En lo tocante a la música jamaicana, por suerte son muchas las viejas glorias que todavía siguen activas, al menos nominalmente. The Wailers, Toots & The Maytals o los Skatalites aún nos deleitan año tras año con su presencia en carteles y salas míticas, haciéndonos sentir partícipes de los últimos coletazos de los 60. A la hora de analizar el presente de estas leyendas vivas, surgen dificultades adicionales a las que afectan a artistas menores. Para empezar, nos invade un respeto reverencial merecido, ganado a pulso tras años de éxito y contribuciones grandiosas. Son ellos los que fijaron el canon de nuestro estilo, por eso se nos relaja el sentido crítico. Por otra parte, resulta difícil ser objetivos. Nos gustan tanto, que simplemente los disfrutamos. 

Una vez hecha la reverencia y rendido el tributo, ¿con qué nos quedamos de lo presente? Dejando a un lado el temor a la reacción de los exaltados, lo cierto es que el balance requiere una explicación. En el debe, mencionaremos que pocos grupos mantienen sus formaciones originales, lo cual tiene una lógica apabullante, pero les resta autenticidad. En muchos casos, la sola presencia de uno o dos de los fundadores compensa cualquier ausencia, pero hay ocasiones en las que el uso del nombre suena más bien a reclamo y nos obliga a cuestionarnos su legitimidad. 

En cuanto a su estado de forma como profesionales, que es lo que son en última instancia, también varía según el caso. De nuevo el paso del tiempo nos lleva a mostrarnos prudentes, aunque a veces sería más favorable dosificarse o dejar el pabellón en la cima. Quizás la carrera de un músico se asemeje a la de un deportista de élite, pues ambos pasan algunos años en lo más alto para después descender progresivamente. Nadie es capaz de dar la mejor versión de sí mismo durante décadas, aunque haya ejemplos notables de regularidad. De todos modos, son tantas las causas que llevan a los artistas a proseguir sus carreras después de su punto álgido, que censurarlo a distancia no tiene más valor que el de una simple opinión personal. 

Teniendo esto en cuenta, surge la gran pregunta: ¿merece la pena ver a los clásicos, a riesgo de decepciones e incumplimiento de expectativas? La respuesta es un “sí” rotundo. La historia viva es siempre un motivo de peso, y cualquier seguidor de la escena o materia que sea debe tener un conocimiento mínimo sobre los orígenes y evolución de la suya. En lo tocante a la música, hay grupos y artistas imprescindibles, y verlos al cabo de tantos años es un regalo que las generaciones futuras ya no podrán disfrutar. Por si el “yo estuve allí” no fuese suficiente, cabe decir que, aunque a veces los grandes actúan a medio gas, un solo trozo de su presencia es bastante para pasar un buen rato, al margen de lo que hiciesen en el pasado.

Como valoración general de los clásicos que aún siguen en activo tras varias décadas, sirva esta versión de la crítica del New York Times sobre cierta actuación en el Madison Square Garden: “No cantan igual, no tocan igual. No se los pierdan”."

No hay comentarios:

Publicar un comentario